Eran las seis de la tarde del siete de abril del 2008, el sudor hacía que la ropa se me pegara al cuerpo y, a mis once años, parecía la peor tortura. Estaba sola en mi cuarto y mi hermano y mis padres, en otro. La radio sonaba como cada tarde pero la noticia que escuchamos en ese momento no fue nada parecido a lo que estábamos acostumbrados a oír.

Dos hombres habían sido quemados vivos en San Vicente después de que éstos asesinaran a un comerciante local.  La comunidad, cansada de las injusticias y la ineficiencia de las autoridades policiales, quiso hacer justicia con sus propias manos.

No recuerdo la expresión de mi padre, no recuerdo qué estaba haciendo mi hermano o lo primero que hizo mi madre, sólo  recuerdo que inmediatamente tuve imágenes mentales de lo sucedido:  dos jóvenes en sus veinte y tantos años, de piel morena, vestidos con pantaloneta, camisetas verde y azul gritando por  ayuda y también de la multitud, rodeándolos, enfurecida.

Había niños pequeños ahí, seguramente pensando lo mismo que yo en el momento que escuché los rumores, que se habían esparcido rápidamente, y haciéndose las mismas preguntas mientras se escondían detrás de sus padres: “¿Por qué nadie hace nada?” “¿Cuánto les durará el dolor que invade sus cuerpos?” “¿Quiénes son los buenos y quienes son los malos?” “¿Por qué no hago nada?”.  A veces estas preguntas me asaltan con violencia al ver escenas de injusticia.

Esos niños que presenciaron el linchamiento son los ahora adultos que resaltan la atrocidad de los hechos de esa tarde en la que el sol pegaba con furia y sostienen que todo fue para bien, que los crímenes por sicariato cesaron ese día, o al menos así lo fue por un buen tiempo.

A las 12:00 del día que marcó un antes y un después del apacible balneario de Manabí, Ramón Zambrano regresaba de retirar dinero en el banco, actividad que realizaba estrictamente en esa fecha del mes. Era la hora en la que más transeúntes se encontraban en el muelle de la ciudad debido a que coincidía con el primer día de clases, y los padres cruzaban el estuario hasta la ciudad vecina para recoger a sus hijos del colegio.  Dos desconocidos en motocicletas se acercaron rápidamente al comerciante y le dispararon repetidas veces. Siete de esos disparos impactaron en el cuerpo de Ramón Zambrano y éste murió en el acto, a plena luz del día, desmintiendo la teoría colectiva del pueblo que sostenía que los crímenes solo suceden en la noche.

Los atacantes agarraron el maletín lleno de dinero que portaba el occiso y se dieron a la fuga, sin embargo, no alcanzaron a esconderse. Tanto el pueblo como la policía fueron tras ellos y los atraparon en la entrada de una hacienda donde la multitud se los arrebató a los uniformados, quienes posteriormente alegaron que no hubieran podido salvar a los detenidos debido a que el número de personas era mucho mayor al de los oficiales del lugar. Ahí los insultaron, golpearon con palos y barras de hierro para luego llevarlos inconscientes a la Plaza Cívica de la ciudad, reservada para actos conmemorativos.

Uno de ellos pidió agua y le rociaron gasolina. El segundo, llamaba a su madre.

Luis Elías Sánchez, un joven oriundo de San Vicente, recuerda haber grabado las escenas con su celular y mostrarle el video a sus compañeros de colegio al día siguiente. Él tenía 15 años y aunque confiesa haber quedado un poco traumado por el suceso, también recuerda a su mejor amigo envidiar su suerte por haber sido testigo de aquellas muertes y tener la primicia. Por alguna razón bizarra, el linchamiento comenzó ser un tema de farándula local, algo gracioso, incluso. Para mí la muerte nunca fue algo que se tomara con ligereza y, de pronto empecé a escuchar sobre ella a cada instante; cuando llegaba a clases, cuando salía de ellas, en la calle, en la tienda, etc. La muerte dejó de ser algo complejo para los niños de los cantones, atravesados por el estuario, una vez que se dieron cuenta que podía ser algo público, de asistencia masiva y perpetuado en las narices de las autoridades que, según nos habían enseñado, existían para proteger a los demás.

Yo, por mi parte seguía incrédula respecto a la actitud de las personas que me rodeaban, desde los niños que hacían bromas al respecto hasta los adultos que afirmaban que la decisión tomada era la única salida del problema de la delincuencia en la ciudad. Sin embargo, no todos parecían estar a favor del atropello de los derechos humanos; el segundo día de clases, Dayana Zambrano, la niña nueva del colegio, recién llegada de España, discordaba con la violenta postura colectiva que existía a nuestro alrededor. Ella había sido una de las primeras personas en ver el cadáver del comerciante asesinado. Escuchó los disparos cuando aun se encontraba en la embarcación que iba de Bahía de Caráquez hasta San Vicente. Seguía superando el agotador primer día de clases cuando el crimen se perpetuó a unos pocos metros de distancia desde donde ella se encontraba.

Eran las seis de la tarde de ese lunes cualquiera y el olor nauseabundo se esparcía por San Vicente mientras esa niña de doce años con jetlag se iba a dormir con la imagen de Ramón Zambrano tirado en la acera sobre un charco de sangre.

Recuerdo pasar frente a la plaza días después de la masacre asomando mi cabeza por el carro de mis padres, no sé exactamente qué estaba buscando. El día que finalmente pude poner mis pies en ese lugar se celebraban las fiestas de Semana Santa, hasta ese momento pensé que nadie volvería a pisar ese lugar; que quedaría restringido su acceso o algo parecido. Sin embargo, ahí estaba reunido todo el pueblo celebrando las festividades religiosas.

Yo, yo seguía buscando, entre la multitud o alrededor de ella; salía, entraba, daba vueltas. Quería ver algo, alguna señal de que todo lo que había pasado un mes atrás fue real, la confirmación de que todos los ahí presentes estábamos, de alguna manera, profanando una tumba. Al final no encontré nada, ni un olor, un trozo de ropa o una mancha de hollín en la esquina de la plaza.

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